vendredi, septembre 02, 2005

Victor Hugo -Josué-

Josué
Victor Hugo (1802 -1885)

Sonnez, sonnez toujours, clairons de la pensée.

Quand Josué rêveur, la tête aux cieux dressée,
Suivi des siens, marchait, et, prophète irrité,
Sonnait de la trompette autour de la cité,
Au premier tour qu'il fit, le roi se mit à rire;
Au second tour, riant toujours, il lui fit dire:
«Crois-tu donc renverser ma ville avec du vent?»
A la troisième fois l'arche allait en avant,
Puis les trompettes, puis toute l'armée en marche,
Et les petits enfants venaient cracher sur l'arche,
Et, soufflant dans leur trompe, imitaient le clairon;
Au quatrième tour, bravant les fils d'Aaron,
Entre les vieux créneaux tout brunis par la rouille,
Les femmes s'asseyaient en filant leur quenouille,
Et se moquaient, jetant des pierres aux hébreux;
A la cinquième fois, sur ces murs ténébreux,
Aveugles et boiteux vinrent, et leurs huées
Raillaient le noir clairon sonnant sous les nuées
A la sixième fois, sur sa tour de granit
Si haute qu'au sommet l'aigle faisait son nid,
Si dure que l'éclair l'eût en vain foudroyée,
Le roi revint, riant à gorge déployée,
Et cria: «Ces hébreux sont bons musiciens!»
Autour du roi joyeux riaient tous les anciens
Qui le soir sont assis au temple, et délibèrent.

A la septième fois, les murailles tombèrent.


Josué

¡Dad sin descanso vuestra voz al viento,
clarines del humano pensamiento!

Cuando Josué, soñando
y al cielo alzada la serena frente,
de los suyos seguido
marchaba al rededor del eminente
muro de Jericó, jamás vencido,
y-ardiendo en el furor de los profetas-
con el tremendo son de las trompetas
de la ciudad el término anunciaba,
el Rey, que de una torre le miraba,
vió con desprecio la primera vuelta,
y á la risa dio suelta;
a la segunda prosiguió riendo;
y al jefe israelita
dijo un heraldo en nombre del Monarca:
- ¿Vas á aterrar con viento nuestras torres?»-
A la tercera vez iba delante
de los clarines y del pueblo el Arca,
y los niños lanzaban desde arriba
sobre el Arca saliva
y la voz resonante
de las bélicas trompas remedaban;
a la cuarta, tranquilas y serenas
y á los hijos de Aarón desafiando,
en las pardas almenas
vinieron á sentarse las mujeres,
y ya en la rueca hilando,
ya piedras arrojando,
al hebreo colmaron de sonrojos;
a la quinta, los ciegos y los cojos
desde lo alto del siniestro muro
con destemplado grito
del clarín se mofaban, cuyo acento
vagaba por el ancho firmamento;
a la sexta, en su torre de granito
tan sólida, que en vano
la hubiera herido el rayo de los cielos,
tan alta, que en cima
el águila guardaba sus polluelos-
apareció de nuevo el soberano,
y al ver a los porfiados sitiadores,
a grandes carcajadas se reía,
y- "No son malos músicos"-decía.
En torno al Rey estaban los doctores,
venerables ancianos que en el templo
se sientan por la tarde y deliberan,
y seducidos por el real ejemplo,
alegres y burlones se mostraron...

A la séptima vuelta
los muros con fragor se derrumbaron.

Versión de Fidel Cano

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